Mozart in the Jungle: Cuando no hacen falta palabras

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Han pasado ya unas semanas desde que la última temporada de Mozart in the Jungle, serie de Amazon de la que sin lugar a dudas hablaremos más veces en este blog, estrenó su tercera temporada. Como viene siendo habitual, los diez episodios que la componen salieron a la luz a la vez, configurando una temporada de buen nivel que merece más reconocimiento del que habitualmente suele recibir –al menos, en lo que a número de espectadores se refiere -. Hoy, sin embargo, venimos a centrarnos en un único episodio que nos ha llamado especialmente la atención: el séptimo de dicha temporada, irónicamente titulado “Not Yet Titled”.

Cualquier espectador que haya disfrutado de esta temporada guardará, sin duda, un recuerdo especial de este episodio. Y no digo con ello que sea necesariamente un buen recuerdo: “Not Yet Titled” es simplemente uno de esos episodios que por su propia naturaleza han de polarizar a la audiencia.

Rodado a la manera de un falso documental, el episodio al que nos referimos supone un paréntesis en medio de la temporada, un alto en el camino para tomar aire en medio de las principales tramas de este arco y centrarnos en lo que realmente es el motor de la serie: la música.

Tras una disputa que se prolonga durante casi cuatro meses, la Orquesta Sinfónica de Nueva York vuelve a reunirse para tocar por primera vez. Y lo hace en un contexto poco habitual: la cárcel Rikers Island. Superada la sorpresa inicial tras conocer el contexto elegido para el concierto (nada demasiado descabellado si tenemos en cuenta que es elección del maestro Rodrigo), comienza la auténtica magia del episodio. La solemnidad del concierto.

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Desde los primeros compases que podemos escuchar nos damos cuenta de que el episodio será muy diferente a los demás. No sólo por su estilo, sino también por su repertorio, si bien no podía haber existido una mejor elección: una selección de piezas de Olivier Messiaen. Para aquellos que no conozcan la obra del compositor francés, es necesario señalar la dificultad de sus composiciones, tanto para los intérpretes (son obras de mucha complejidad técnica y que a menudo requieren del uso de instrumentos poco habituales, como las Ondes Martenot que aparecen referenciadas en el episodio y que se pueden escuchar con mucha claridad) como para la audiencia (siendo una música dura, cacofónica). Para todo aquel que quiera hacerse una idea, recomiendo un vistazo a la que probablemente sea su obra más conocida, el Cuarteto para el fin de los tiempos:

Debido a lo que acabamos de comentar, es poco habitual encontrar las obras de Messiaen como parte de un programa de concierto. Y mucho menos aún en una serie de televisión, a priori destinada a un público más amplio y menos especializado. Y, sin embargo, como decíamos, ha sido la elección perfecta. ¿Por qué?

En primer lugar, como homenaje a la obra de Messiaen, escrita en buena parte dentro del campamento de guerra Stalag VIII-A, en Görlitz (Alemania), donde estuvo preso durante un año. De hecho, la primera interpretación en vivo del cuarteto que se ha mencionado anteriormente tuvo lugar en esa misma prisión, de la mano del propio Messiaen y otros tres músicos, también en cautiverio, el 15 de enero de 1941. La obra, dedicada al ángel del apocalipsis e inspirada por un pasaje del Libro de las Revelaciones, probablemente sea el ejemplo más perfecto de la manera en la que se puede reflejar el horror sufrido durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero no sólo como remembranza de su primera interpretación se convierte la prisión de Rikers Island en un enclave ideal: también lo debe a su audiencia. Decía Messiaen que jamás vio en su vida un público tan atento y entregado como el de aquella primera interpretación del Cuarteto. Un público recluido –física y mentalmente- que encontraba en la música la manera de romper (o, al menos, olvidar temporalmente) las barreras que les rodeaban, y de sentirse libres aunque sólo fuera por un momento. Un público que volvemos a encontrar en este episodio, formado por un centenar de presos reales que cumplen condena actualmente en la mencionada prisión de Nueva York. Sus emociones, su interacción con la orquesta, sus miradas… incluso sus declaraciones finales son reales, fruto de la experiencia vivida, y no de un guion impostado. Y se nota.

Se nota tanto como se nota la interpretación musical en algunos momentos. Si bien en la orquesta podemos identificar los rostros de los actores que habitualmente encontramos en los episodios, por primera vez en la historia de Mozart in the Jungle escuchamos música en vivo, y vemos a los auténticos músicos interpretándola, gracias a la colaboración de la Sinfónica de Chelsea y la Orquesta Sinfónica de New Westchester de White Plains, ambas de Nueva York. Probablemente uno de los momentos más delicados y en los que este hecho se hace más evidente sea la interpretación de “El abismo de los pájaros” de la mano de la clarinetista Angela Shankar, en unos instantes que hacen contener la respiración.

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Tenemos, pues, un episodio poco habitual, con muchos más minutos musicales de lo que estamos acostumbrados, pero a la vez con mucho más sentimiento. Su director, Roman Coppola, toma sin duda un riesgo difícil que podría haber resultado en un fracaso absoluto en muchos sentidos, pero que sin embargo da lugar a uno de los episodios más bellos que se han emitido en televisión en los últimos años.

Como bien se dice en los primeros compases del episodio, escuchar música debería ser un derecho. Y la serie nos lo demuestra, enseñando cómo hasta la música que en un primer momento puede resultar más inaccesible se torna en un placer cuando se nos guía de la manera adecuada. Y, para muestra, la sincera emoción de los presos en los minutos finales, en los que explican cómo la música les ha hecho libres.

Desde casa, en el sillón, la emoción no es comparable. Pero sí se puede llegar a comprender si, como fue mi caso, la escasa media hora de duración del episodio da lugar a un éxtasis mantenido durante el que pude aislarme de todos los problemas del mundo y que me reconcilió con gran parte de mi pasado.

Por todo ello, y como humilde manera de reivindicar la calidad de este “Not Yet Titled” os invito a darle una oportunidad al episodio. No creo que os arrepintáis.

2 comments

  1. Justo acabo de verlo y buscando información acerca de él llegué a este lugar. Estoy pasando por un momento complejo de la vida y el capítulo me liberó, me sentí como uno de los presos que incluso me hizo tirar algunas lágrimas de emoción. La música siempre ha sido mi pasión y este ha sido uno de los mejores momentos que la tv puede dar.

    Tu texto es igualmente hermoso, te agradezco que tu redacción haya sido tan fina como el capítulo.

    Saludos desde México.

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    1. Muchísimas gracias por tu comentario, Rudyard. Creo que en cierto modo todos experimentamos algo similar al ver este episodio: por unos minutos nos olvidamos absolutamente de todo y nos sentimos liberados. Algo así sólo lo puede conseguir la música, y es una suerte que una serie como esta consiga transmitirlo de este modo.

      Un abrazo desde España.

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