“Vienna in the Jungle” para estrenar 2017

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Decir que las navidades son una época de tradiciones no supone una sorpresa para nadie: reuniones familiares, regalos, las doce uvas… estos y otros gestos forman parte de un ritual que seguimos religiosamente y que no nos atrevemos a romper sin sentirnos culpables. Desde un punto de vista muy diferente, lo mismo se puede decir de los conciertos de música clásica: la ropa, el comportamiento tanto del público como de los músicos, el orden de los acontecimientos… todo responde a un guion preestablecido que en muy pocas ocasiones sorprende. Y, sin lugar a dudas, en el extremo de la tradición que une ambas ideas se encuentra el Concierto de Año Nuevo de Viena.

Probablemente estemos hablando del concierto popular (en el sentido del número de espectadores que alcanza) más tradicional que podemos encontrar. Un concierto en el que la propia elección del programa ya se encuentra sujeta a unas estrictas pautas que apenas abandonan el apellido Strauss, y en el que incluso las reacciones del público se muestran tan coreografiadas que perdieron su significado original.

Muy atrás quedaron esas otras actuaciones en las que el público se dejaba llevar por sus emociones, y estallaba en aplausos ante un pasaje que le conmoviera especialmente o que arrancara alguna expresión de júbilo. Comportamientos perdidos (apenas si quedan registrados algunos de ellos en antiguas grabaciones de los años 50) de los que sólo queda un reducto cuasi ortopédico que se deja ver en los bises de este concierto, tanto en el aplauso que interrumpe el inicio de El Danubio Azul –y que el director aprovecha para felicitar el nuevo año a los oyentes– como en las palmadas acompasadas de la Marcha Radetzky. Tradición sobre tradición.

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Por eso quizás el concierto celebrado en la Sala Dorada del Musikverein este año levantaba más expectación de lo habitual, debido al nombre que se encargaría de llevar la batuta: el venezolano Gustavo Dudamel. Uno de los últimos “niños prodigio” de la música clásica –en un ámbito que no es muy dado a ofrecerlos, como es la dirección-, que destaca por la pasión que pone en sus interpretaciones, por sus ideas políticas, y por su juventud (siendo, con 35 años, el director más joven de la historia que se ha puesto al mando de este concierto). Una personalidad arrolladora y tan peculiar que incluso ha inspirado un alter ego en la serie de Amazon Mozart in the Jungle, de la que ya hemos hablado aquí. Un director, pues, que prometía sorpresas.

A decir verdad, fueron muchos los que pusieron en duda la idoneidad de la elección de Dudamel para esta ocasión. Si bien es cierto que tablas no le faltan al actual director de la Filarmónica de Los Ángeles, la Sinfónica de Gotemburgo y la Sinfónica Simón Bolívar, la circunspección de la ocasión no parecía encontrar en el joven venezolano al mejor exponente posible, aquel que se inclina más hacia el mambo que hacia el vals.

Sin embargo, el joven director, que desde el primer momento mostró su entusiasmo por la oportunidad que se le presentaba –llegando a decir que podía “morir en paz” tras haber dirigido este concierto-, ha estado a la altura de las expectativas.
Con una inteligente elección del repertorio, en el que hasta ocho de las 18 piezas programadas nunca se habían interpretado en este concierto, evitando así comparaciones incómodas, ha sabido también hacer honor a la tradición, dando especial preponderancia a Johann Strauss hijo. Un programa, pues, que no ha dejado lugar a las críticas.

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Quedaba por observar, claro está, el resultado de la interpretación, al que por fin hemos podido asistir esta mañana. En un inicio comedido, casi nervioso, Dudamel ha dejado entrever la presión del evento, sin que se pudiera acusar a la interpretación de falta de calidad –los genios jamás carecen de ella-, pero sin la magia que se presuponía en polcas como “Sólo hay una ciudad imperial, sólo hay una Viena”, o la profundidad que se esperaba en valses como “La llamada infernal de Mefisto”.

Las tornas, sin embargo, han cambiado por completo en la segunda parte. Tras el descanso hemos visto una interpretación mucho más vívida, que ha conectado en mayor medida con los músicos y con el público, que si bien ha ido aumentando su interés desde el inicio de la segunda mitad, ha parecido rendirse a los pies del director tras “La salida de la luna”, en la que ha intervenido también el Coro Singverein de Viena.

A partir de ahí, el concierto ha sido otro. El disfrute y la seguridad, reflejados en la cara de Dudamel en la forma de su característica sonrisa, se han contagiado a toda la Sala Dorada y, por ende, a los espectadores que observábamos atentos a través de las pantallas.

La realización, como siempre, muy cuidada, ha ofrecido las bellas imágenes a las que ya nos tiene habituados, junto a unos exquisitos ballets que, personalmente, yo evitaría por poder ver de manera continuada la expresión de los intérpretes y el director. Una opinión que, sin duda, pocos compartirán.

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Como cabía esperar, el momento más animado del concierto ha correspondido a los dos últimos bises que mencionábamos anteriormente. La felicitación de Año Nuevo por parte del director, con un punto de frescura derivado de los problemas de pronunciación, ha dado paso a un Danubio Azul que ha jugado de manera muy personal con los tempos, otorgando identidad propia a una pieza de gran tradición. Y, por último, la dirección de las palmadas del público durante la Marcha Radetzky (que ha sabido interpretar con acierto los crescendos y decrescendos del maestro) ha dado lugar a una de las actuaciones más matizadas de esta pieza en las últimas ediciones del concierto.

El concierto más conocido del 1 de enero deja, pues, en su edición de 2017, una gran muestra de calidad y de cómo se puede apostar por la novedad sin tener por ello que traicionar los aspectos más tradicionales de la propia identidad. Para el próximo año volveremos a contar con la dirección de Riccardo Muti (en la que ya será su quinta ocasión al mando de este evento), un auténtico experto en la materia. Pero, durante los 364 días restantes, el reinado de Gustavo Dudamel será recordado con la buena opinión que merece.

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