¿Qué hay de lo elemental, querido Sherlock?

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Que las temporadas de Sherlock siempre han llegado en muy pequeñas dosis es algo que, a estas alturas, ya no supone una novedad para nadie. Si las series británicas ya gustan de mostrar un número muy bajo de episodios en cada una de sus entregas, la serie del detective más popular de la historia se lleva sin duda la palma. No en vano, hemos necesitado 7 años para 13 episodios, una media que ha puesto a prueba la paciencia de sus seguidores como pocas. Este año, por fin, hemos tenido la oportunidad de ver la cuarta (¿y última?) temporada, y lo cierto es que nos ha dejado sentimientos encontrados. Vamos a verlos (huid si no habéis visto la temporada, que vienen spoilers):

El primer episodio, titulado The Six Thatchers (en una clara referencia al relato de Conan Doyle The Adventure of the Six Napoleons), fue sin lugar a dudas, el que peor sabor de boca nos dejó en una temporada que –en términos de emoción al menos- ha ido in crescendo. Son muchos los defectos que se le pueden achacar a este primer episodio y, si bien no es nuestra intención detallarlos en este post, sí que podemos quedarnos con dos: el innecesario exceso de complicación que nos ofreció y la falta de propósito de su final.

Así, por un lado, sabemos que Moffat y Gatiss, en su rol de guionistas, disfrutan complicando las tramas hasta el infinito, ofreciendo siempre un giro de guion extra que pueda sorprender al espectador. Pero en este episodio dio la impresión de que este efecto se utilizó más de lo debido: una concatenación vertiginosa de giros y golpes de efecto que, lejos de sorprender, nos dejaron la sensación de que estaban metidos para lucimiento de los guionistas, pero sin un verdadero propósito argumental. De hecho, da la impresión de que, de haberlos omitido, habría quedado un episodio bastante más redondo.

Pero no sólo en ese aspecto falló The Six Thatchers: también lo hizo en el plano argumental, metiendo subtramas sin demasiado sentido (como ese escarceo amoroso de Watson que, si bien sirve para introducir a un personaje esencial más adelante, no encaja con el momento ni el personaje), y, sobre todo, quitando de en medio al personaje de Mary Watson. Según declaraciones posteriores de Moffat, era necesario eliminarla para poder volver a la dinámica dual de Sherlock y Watson. Pero, sinceramente, ni estoy de acuerdo con ello, ni comparto la manera en la que se ha hecho, en una escena en la que faltó muchísima emoción, y que se suponía que iba a dar pie a un enfrentamiento entre los dos protagonistas principales que finalmente acabó diluyéndose tan rápidamente como llegó.

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El segundo episodio, The Lying Detective (inspirado en The Adventure of the Dying Detective), parecía subsanar algunos de los errores del primero, con un episodio más clásico desde el punto de vista estructural, y con un antagonista de manual, aunque con reminiscencias a lo Trump.

Como consecuencia de la distancia entre los protagonistas que hemos comentado al hablar del episodio anterior, la serie necesita poner a Sherlock en peligro de muerte para poder realizar un acercamiento entre los protagonistas. Acercamiento que quizás no hubiera sido necesario de haber hecho bien las cosas en el primer episodio, pero que ahora sí se hacía indispensable (aunque precipitado).

Sin embargo, a pesar de ello, hay que reconocer que este segundo episodio nos deja algunos detalles que funcionan muy bien: un caso interesante y bien tratado, una serie de momentos esplendorosos de la señora Hudson –figura que hay que reivindicar más a menudo-, y, sobre todo, la presentación formal de Eurus, la hermana mediana de los Holmes que, si bien metida con calzador, nos regala los mejores momentos de la temporada.

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Llegamos de este modo al tercer episodio, The Final Problem, con un título que bien podría adelantar el hecho de que, posiblemente, nos encontremos ante el último episodio de la serie. Y, esta vez sí, hemos encontrado lo que buscábamos: estar pegados a la pantalla durante la hora y media que dura el episodio. Y es que, desde el punto de vista del ritmo y la acción, el episodio ha sido perfecto.

Cuidado, hemos hablado del ritmo, pero no de la trama. En este aspecto, estoy segura de que un segundo visionado (que yo no he llevado a cabo) le perjudicaría gravemente. Es más, el simple hecho de reflexionar, pasadas las primeras emociones, acerca de lo que se ha visto ya pone en evidencia sus fallos de guion. Pero, sinceramente, estoy dispuesta a perdonarlos, aunque sólo sea por el enorme placer de disfrutar en tensión durante toda su duración.

Planteado como una serie de enigmas –o trampas- ideados por Eurus, el episodio juega con la resolución de una serie de misterios que invitan al espectador a participar (a veces resolviendo, a veces tomando decisiones moralmente complicadas), pero supone, sobre todo, un viaje a la psique del detective, que va desenterrando con cada misterio pequeños detalles de su memoria que habían caído en el olvido o que habían sido suprimidos para evitar el sufrimiento.

Como decíamos, la mayor virtud del episodio radica, sin duda, en la manera en la que mantiene la tensión. Esto no quiere decir que sea fácil: sufrimos mucho en este episodio. Sufrimos cuando Sherlock tiene que elegir entre la vida de su hermano o la de su mejor amigo; sufrimos con las vidas en juego en este acertijo; y sobre todo sufrimos al ver a Molly confesando su amor por Sherlock y sabiendo –como ella- que jamás será correspondido.

Pero –no vamos a negarlo- también el episodio nos hace disfrutar como sólo esta serie sabe hacerlo en sus momentos de lucidez: pocos podrán decir que no se emocionaron al ver (aunque sólo fuera en el recuerdo) al grandísimo antagonista de la serie, Moriarty. Y, por supuesto, es innegable el placer intelectual que nos aporta la inteligencia –mezclada con crueldad- de Eurus. Este es, sin duda, el Sherlock que nos gusta, y por el que nos dejamos engañar sin remordimientos, aun sabiendo que lo que nos cuentan se sostiene con dificultad.

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El problema es que, a pesar de todo, dista de ser un episodio redondo –frente a otros de mucho más nivel que sí nos ha dado la serie-. Y, como decíamos antes, es posible que sea el último. Más allá de ese título premonitorio, esa especie de epílogo que coloca todas las piezas en su sitio y nos da sensación de cierre se ve respaldado por el hecho de que aún no haya habido ningún comunicado oficial sobre su continuación (o no).

Para ser sinceros, creo que no estamos ante un final que haga justicia a la serie. Quizás un episodio especial, pensado exclusivamente como cierre, podría subsanar algunos errores. O, quizás, la serie de la BBC ya ha agotado su fórmula y ha dejado de funcionar. En cualquier caso, si llegara a regresar, me gustaría que se dejara de grandilocuencias y volviera a la esencia del principio. Que retomara su fórmula inicial. Porque, sin lugar a dudas, todo funcionaba mejor cuando la cosa era más elemental, querido Sherlock.

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