La vida sigue siendo un Cabaret

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Supongo que no hay otra manera posible de empezar una entrada sobre Cabaret que la que nos lleva a citar las más que conocidas palabras de su inicio: Willkommen, Bienvenue, Welcome… Bienvenidos al Kit Kat Klub, el mítico lugar que desde los años sesenta lleva invitando a todo el que se atreva a pasar a dejar sus problemas atrás mientras dure el espectáculo. Estos días el club berlinés, en su gira por el país celebrando el 50 aniversario del musical, ha tenido a bien detenerse en Córdoba, y gracias a ello lo pude disfrutar el pasado sábado día 4 en el Gran Teatro. Y sí, décadas después, todo en su interior sigue siendo divino…

El teatro más representativo de Córdoba se convertía en un escenario ideal para poder adentrarnos en el Berlín de los años 30, tal y como marcaba el libreto de Joe Masteroff, tratado con mucho respeto por Jaime Azpilicueta, el director de esta versión, que en algunos aspectos se acerca más a la concepción original del musical que a la que luego popularizaría la famosísima versión cinematográfica protagonizada por Liza Minnelli.

La historia es de sobra conocida: la trama arranca tras la llegada a Berlín de Cliff Bradshaw (Alejandro Tous), un joven escritor americano que, tras mucho viajar en busca de inspiración –y de su propia identidad-, encontrará en Alemania el lugar que le cambie la vida para siempre. Y lo hará en parte gracias a Sally Bowles (María Adamuz), la encantadora estrella del Kit Kat Klub, una chica inocente y dulce a la que la vida ha obligado a madurar en unas circunstancias muy poco favorables.

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Uno de los puntos fuertes de esta obra lo componen, sin lugar a dudas, sus personajes. Personas aparentemente sencillas que, sin embargo, esconden una gran complejidad bajo la piel. Nos sucede con Cliff, el joven soñador prisionero de sus propias inseguridades; y nos ocurre sobre todo con Sally, la chica dulce y en apariencia frágil que, sin embargo, tanto tiene que enseñarnos de la vida. Como bien señalaba mi gran amigo Marcos en su más que recomendable blog –tuvo la suerte de ver la obra una semana antes que yo-, la protagonista posee una inteligencia natural que, en su aparente sencillez, nos deja maravillosas reflexiones sobre el ser humano.

A la par, la obra nos va presentando otras historias paralelas, como la tierna historia de amor entre la casera de Cliff, Fraulein Schneider (una maravillosa Amparo Saizar), y su enamorado frutero, Herr Schultz (Enrique R. del Portal), o las correrías de Fraulein Kost (sobresaliente gracias a Pepa Lucas), que, siempre rodeada de marineros, hace que a veces confundamos la diversión con la necesidad, si bien ella sabe distinguir a la perfección dónde acaba una y dónde empieza la siguiente.

Pero si hay que destacar a un actor, sin lugar a dudas, ese honor lo merece Armando Pita, inigualable Maestro de Ceremonias que consigue ganarse al público desde el primer momento, y que presenta una variedad de registros tan amplia como las emociones que logra transmitir al espectador. Pita lleva la obra sobre sus hombros, la dirige al registro adecuado en cada instante, y actúa de catalizador de todas las sensaciones que atravesamos a lo largo de la función.

No en vano, es su personaje el que nos da la bienvenida al Cabaret, pero también el que se despide, en un tono muy diferente al inicial, tras habernos hecho reír y temblar varias veces a lo largo del espectáculo.

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Y es que Cabaret engaña, dicho en el mejor de los sentidos. La realidad que se vive en el Kit Kat Klub, esa que sólo presenta alegrías, allí donde hasta la orquesta es divina, no puede mantenerse eternamente. Tras la fachada inicial, vamos descubriendo las sombras que los focos y la gruesa capa de maquillaje no dejan ver al principio. Las sombras de los personajes, claro (como las de Sally, que comparte sus miedos con el público en su dolorosa interpretación de “Quizás ahora”, rezando aquello de que todos quieren al que gana y que por ello nadie la quiso a ella), pero también las del contexto histórico que les rodea, en una Alemania en la que el nazismo empieza a surgir con más fuerza de la que nadie podría prever.

En un mundo exterior en el que el odio lo embarga todo, los personajes de Cabaret parecen ser los únicos capaces de recordar lo que significa amar. Así lo vemos en el pintoresco número en el que el Maestro de Ceremonias baila con la gorila (“Si la miráis con mis ojos”), aparentemente divertido, pero que encierra una cruda realidad en sus últimas líneas y que, a la vez, es un alegato en contra de lo infundados que resultan los motivos que llevan al odio. Pero igualmente lo vemos en la historia frustrada entre Fraulein Schneider y Herr Schultz, y en tantos otros detalles que nos va dejando la obra.

Conforme avanza la acción, pues, la narración se va volviendo más oscura, amenazada por el eco de una esvástica que se refleja también en las canciones, cada vez más dramáticas, y en el propio narrador, que va cargando sobre sus espaldas el peso de lo que está por venir, el de la realidad que se cierne sobre nuestros personajes.

Ante una situación así, pocas opciones quedan. Se puede aceptar la realidad, y huir para sobrevivir. O se pueden cerrar los ojos ante la evidencia y tratar de vivir en una efímera fantasía que dure lo que tarde en llegar el terror. Cabaret nos enseña las dos posibilidades, de la mano de decisiones diferentes. Porque al final, vivir o morir sólo depende de eso: de una decisión.

Sin embargo, no nos deja claro que una de ellas sea la correcta: en un mundo tan destrozado como el que estaba por venir, nadie podría quedar al margen. “¿Qué tiene que ver con nosotros la política?”, pregunta Sally en un momento de la obra, sin saber que, por desgracia, pronto encontraría su respuesta. Y es que, al margen de las decisiones individuales, nadie volvió a ser jamás lo que era.

Se nos agota el tiempo en el Gran Teatro y estamos ya a punto de marcharnos. La obra va a despedirse y nos tiene reservado para su final una escena breve, pero poderosamente desgarradora, que nos deja con el corazón en un puño y nos hace mantener la respiración mientras un bofetón de realidad nos mantiene pegados al asiento. La vida, quizás, nunca fue realmente un Cabaret. Pero qué bien lo pasamos mientras duró la ilusión.

Auf Wiedersehen, Au revoir, Goodbye…

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