Lion: Lo que podría haber sido y no llegó a ser

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Hoy toca hablar de Lion, otra de las nominadas a la categoría de mejor película este año. Una cinta que no está despertando tanto ruido como algunas de sus compañeras de categoría (las ya comentadas aquí La La Land y Arrival, por poner un claro ejemplo), pero que sin embargo posee enormes virtudes. O, al menos, las muestra durante gran parte de su metraje. Vamos a ver qué nos presenta:

Lion nos narra una historia real, algo que realmente gusta a la Academia. Y ese parece ser uno de los principales motivos que explican su aparición en la lista de nominadas, pues, de haber sido ficción, estoy segura de que los guionistas habrían sabido darle algún que otro giro de interés a una trama que, una vez conocida, resulta previsible y más bien insulsa.

No me malinterpretéis: la historia que nos cuenta Lion es emotiva, por supuesto, y en su primera parte refleja una realidad durísima y muchísimo más frecuente de lo que debería. A grandes rasgos, podríamos resumirla del siguiente modo: Saroo es un chico de tan sólo cinco años que, por accidente, sube a un tren y viaja a lo largo de miles de kilómetros hasta acabar perdido en medio de las calles de Calcuta, donde es adoptado por una familia australiana. Tras un par de décadas decide buscar a su familia biológica reconstruyendo su viaje de ida gracias a sus recuerdos y a Google Maps. Todo esto –el argumento completo de Lion– es lo que nos cuenta el tráiler, con lo que la trama, en sí, no presenta ninguna sorpresa.

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Sin embargo, el visionado de la primera mitad de la película, pese a lo predecible de su desarrollo, es lo más sorprendente de todo el metraje: el director, Garth Davis, nos presenta un increíble viaje por la India de la mano del pequeño Saroo (un excelente Sunny Pawar que, pese a su corta edad, responde perfectamente a lo que se le exige), sin utilizar apenas palabras, pero con un lenguaje visual que no las necesita: la primera hora de la cinta, más cercana al documental que al género que se presupone que es, nos ayuda a sumergirnos en la cara más cruda del país, y en la dureza de las circunstancias que rodean a sus habitantes más desfavorecidos. Especialmente, si son niños.

De haber mantenido este nivel a lo largo de toda la película, sin duda estaríamos hablando de una firme candidata a la estatuilla. Pero el problema es que la segunda parte –en la que Saroo ya es un hombre adulto- no consigue acercarse ni de lejos a lo visto en el principio.

Como decíamos anteriormente, la segunda parte de la cinta se centra en la búsqueda del hogar que realiza el protagonista utilizando Google Maps para rellenar los huecos que le ofrece su memoria. Son muchas (y potencialmente interesantes) las ideas que se plantean aquí: los problemas de identidad de Saroo derivados de su desconocimiento, la obsesión que supone la búsqueda –y que bloquea otros aspectos de su vida-, la inseguridad de su madre adoptiva por el miedo a perderle… El problema es que ninguno de ellos llega a desarrollarse por completo, y estas aproximaciones quedan reducidas a esbozos poco fructíferos que sólo nos llevan a lamentarnos ante lo que podríamos haber visto de haber sido explorados con la profundidad necesaria.

Probablemente uno de los culpables de esto sea el propio Dev Patel, que no consigue alcanzar la solidez que sí mostraba el pequeño Pawar, y que falla cuando la película necesita aferrarse a él. De hecho, si esta segunda parte se mantiene gracias a alguien, es a una brillante Nicole Kidman, quien, en su papel de madre adoptiva, sí consigue transmitir sus miedos e inseguridades de forma magistral, pese a sus breves apariciones. Sin duda, una merecida nominación a actriz secundaria que reconoce su gran interpretación.

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Por lo demás, como decíamos, Lion adolece de interés en cuanto a lo que a trama se refiere. Es posible que, en su intento por ser fiel a los hechos ocurridos, haya apostado por la fidelidad frente al interés. Lástima que la realidad pueda arruinar una buena ficción…

En cuanto a la última parte, y superada la emotividad propia del reencuentro, Davis aprovecha para mostrarnos imágenes de los protagonistas reales de la historia que sirvió de inspiración para la película, junto con publicidad sobre un proyecto ideado para ayudar a los más de 80.000 niños que, cada año, desaparecen en la India en situaciones parecidas a las que vemos aquí. Un proyecto loable, sin duda, pero que nos saca un poco de lugar. Lion se convierte, pues, en una ventana de denuncia hacia una situación insostenible, pero se distancia a la vez de la película que pretende ser. Eso sí: en un ambiente tan reivindicativo como prometen ser los Oscars este año, Lion no podría haber encontrado mejor escaparate para su denuncia. Lástima que no haya logrado lo mismo como película.

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