Manchester by the Sea: Un gran drama con exceso de metraje

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Continuamos con nuestro repaso a los Oscars 2017, y la siguiente parada nos lleva a comentar Manchester by the Sea, la película que, según muchos, puede dar la gran sorpresa este año. Una cinta aparentemente discreta que nos descubre una historia muy dura pero con la que, a la vez, cuesta trabajo empatizar. Aunque es mejor que no adelantemos acontecimientos todavía… Vamos a comentar con más detalle lo que hemos podido ver:

En primer lugar, no cabe la menor duda de que si tuviéramos que elegir una única palabra para describir a esta película, “drama” sería la idónea. Porque, sobre todas las cosas, Manchester by the Sea nos presenta una historia durísima protagonizada por personajes gravemente heridos por sus circunstancias.

Uno de estos desgarradores eventos –si bien no necesariamente el más relevante- es el que pone en marcha la trama de la cinta: el fallecimiento del hermano del protagonista y las consecuencias más directas que ello acarrea. En otras palabras, Lee Chandler (Casey Affleck) ve cómo su vida da un vuelco al descubrir que la última voluntad de su hermano pasaba por que él se encargara de la tutela de su sobrino Patrick.

Sin embargo, como decíamos, este arranque nos servirá para ahondar en la psique de los personajes principales y en los duros eventos que les han llevado hasta el momento presente, especialmente en el caso de Lee, que carga con la losa de una culpabilidad que le ha dejado anclado en su pasado y le impide avanzar, y cuya consecuencia más directa es la nulidad a la hora de establecer cualquier tipo de relación social.

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Como aspecto más positivo de la cinta cabe destacar, sin duda, la interpretación de Casey Affleck (“el Affleck bueno”), que encarna a Lee Chandler, y que también protagoniza las escenas más relevantes de la película. Así, en mi opinión, merece la pena señalar el momento en el que Lee, en la comisaría, confiesa sus errores y nos revela la raíz de sus fantasmas –que no desvelaremos aquí por si algún lector aún no la ha visto-.

Asimismo, también resulta memorable la escena de su reencuentro con su exmujer, Randi (una Michelle Williams que, pese a aparecer poco, destaca en todas las escenas en las que la encontramos, lo que le ha valido su nominación a mejor actriz secundaria, pese a sus pocos minutos en pantalla).

Estos ejemplos, entre otros, son los que han llevado a muchos a afirmar que Casey Affleck tiene grandes posibilidades de levantar una estatuilla como Mejor Actor Principal frente a otros grandes candidatos como son Ryan Gosling (La La Land) o Denzel Washington (Fences).

Sin embargo, y pese a todas las bondades de la película –que no son pocas, como ya hemos visto-, me atrevo a decir que no sería justo que Manchester by the Sea fuera galardonada como Mejor Película. Y es que –repito, a título totalmente personal-, esta película no llega a lograr que el espectador realmente empatice con ella.

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He leído en algún sitio que es fácil conectar con ella si alguna vez se ha pasado por una situación familiar complicada. Y, la verdad, discrepo totalmente: todos, de algún modo u otro, hemos tenido la desgracia de atravesar situaciones difíciles. Porque la vida, llegado cierto punto, no es fácil para nadie. Y, por eso, me atrevo a decir que esa falta de conexión no se debe achacar al espectador, sino al demérito de la propia película.

Y, posiblemente, como se anunciaba en el título de esta reseña, uno de los motivos de ello sea el exceso de metraje. Tal y como comentaba el otro día hablando de Manchester by the Sea con un buen amigo, actualmente da la impresión de que una película no se toma en serio si dura menos de dos horas. Y, en realidad, esto perjudica gravemente a algunas de ellas, como ocurre en el caso que nos ocupa: la trama de Manchester, a pesar de su profundidad, no requería de 2 horas y 17 minutos para ser desarrollada. Le habría bastado con muchísimo menos. En cambio, el resultado final que nos ofrece resulta excesivo, siendo lento y tedioso hasta el punto de que se llega a perder el interés, con lo que su –duro- final no consigue hacer mella en un espectador que, para entonces, ya lleva un buen rato pidiendo la hora.

Concluyendo, pues, estamos ante lo que podría haber sido una buena película que, sin embargo, queda malograda por un exceso de metraje. O quizás sea por una grave falta de ritmo. Juzguen ustedes mismos.

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