Hacksaw Ridge (Hasta el último hombre): El “buen” Mel Gibson en estado puro

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Después de los años de ostracismo a los que Mel Gibson había sido condenado por Hollywood, está claro que uno de los principales motivos (aunque totalmente injusto) que despertaban el interés hacia esta película era, sin duda, el morbo. Un morbo derivado de la curiosidad por ver qué se había atrevido a hacer este peculiar director, que de unos años a acá nunca ha dejado indiferente, ni por su obra (La pasión de Cristo podría ser un buen ejemplo de ello) ni por su personalidad (en la mente de todos están sus fotos de archivo policial detenido por conducir ebrio junto a sus acusaciones de antisemita, maltratador, misógino y violento entre otras lindezas). Y el resultado, dicho sea de paso, no ha decepcionado.

En este tipo de situaciones es muy común que nos planteemos el dilema moral de si es legítimo separar la obra de un artista de su personalidad. Por desgracia no son pocos los que, en el ámbito privado, han mantenido actitudes más que reprochables. Atendiendo únicamente al cine, son muchos los nombres cuyas cintas tendríamos prohibidas si nos ajustáramos a lo que es moralmente aceptable. Se me vienen a la cabeza algunos de mis directores favoritos, como Woody Allen o Roman Polanski, por motivos diferentes.

Comento esto porque son muchos los que desde el primer momento se han mostrado críticos con Hacksaw Ridge antes de verla, juzgando únicamente el nombre que la firmaba. Y lo comprendo perfectamente. La estrella de películas como Braveheart, El Patriota o Arma Letal no parece ser precisamente alguien de confianza. Pero como director… como director estamos hablando de otra historia.

Supongo que se me nota a la legua, y no voy a retrasar más mi opinión: me ha gustado mucho esta película. No soy especialmente seguidora del cine bélico, pero sí puedo disfrutar de él cuando este sirve para contar una buena historia. Y Mel Gibson ha logrado hacerlo en su última película.

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La trama que nos cuenta Hacksaw Ridge está basada en una historia verídica, la del médico militar Desmond Doss, que participó en la Segunda Guerra Mundial y que se convirtió en el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor (la máxima condecoración que entregan las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos). Sé que a priori suena extraño pensar cómo un objetor de conciencia puede recibir cualquier tipo de condecoración militar. Pero la película nos hace comprender esto perfectamente.

El protagonista, por diversos motivos personales y religiosos, se niega a tocar siquiera un arma, guiado por sus convicciones morales. Algo que en otros momentos no habría tenido más relevancia, se torna de gran importancia en medio de una guerra, y más aún cuando el chico, lejos de evitar ir al frente, está convencido de que su misión es ir a ayudar con su ejército. Eso sí, únicamente para salvar vidas; nunca para quitarlas.

La película, que nos cuenta algunas escenas de la infancia de Doss y de su vida antes del ejército, se centra principalmente en el entrenamiento militar (en el que encuentra más dificultades por la incomprensión de sus compañeros que por la dureza del régimen) y, por supuesto, en la batalla que le valió su fama: la batalla de Okinawa.

Visualmente, Hacksaw Ridge es espectacular. Es dura, por supuesto, como cabría esperar de una cinta de guerra, y presenta la ración imaginada de sangre, mutilaciones y demás horrores que ayudan a que no nos olvidemos de que, pese a estar cómodamente sentados en nuestros asientos, estamos asistiendo a un horror real. Pero –por esta vez- Gibson ha sabido encontrar el punto justo de horror que para muchos sobrepasó con La Pasión de Cristo, y a pesar de la dureza, no nos deja una película que nos obligue a apartar la mirada en demasiadas ocasiones. El metraje dedicado a la batalla no se extiende más de lo debido, y sin embargo es más que suficiente para que podamos sentir que formamos parte de lo que estamos viendo.

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Es precisamente en este tipo de situaciones -en las que el ser humano se rebaja a lo más oscuro de su naturaleza- cuando más necesario se hace recordar qué valores son los realmente esenciales para que nos podamos seguir considerando humanos y no bestias. Y, por ese motivo, figuras como las de Desmond Doss se hacen más relevantes que nunca, y dignas de recuerdo y admiración.

Si hay que poner alguna pega a Hacksaw Ridge, yo me quedaría con la interpretación de Andrew Garfield (Doss), que en la primera mitad de la cinta no parece encontrarse demasiado cómodo en el personaje, y que a veces confunde la bondad que quiere imprimir al protagonista con una media sonrisa bobalicona que no termina de funcionar. Sin embargo, en las escenas de la batalla, le vemos mucho más convencido de lo que hace. Asimismo, hay que destacar el gran papel de Vince Vaughn como el Sargento Howell, que crea un gran contrapunto para el personaje principal en la mayor parte de la película.

Por último, no vamos a negarlo: Hacksaw Ridge es manipuladora. Juega con nuestros sentimientos de manera que nos identifiquemos con el personaje, suframos con él, y, sobre todo, nos emocionemos en el último tramo. Pero en todo momento somos conscientes de ello, y lo disfrutamos. Al estilo de las comúnmente conocidas como “americanadas”, Gibson nos lleva al sitio en el que quiere que estemos y nos convence de las ideas que quiere transmitir. Y, en este caso, ello no es sinónimo de algo negativo.

Estoy casi segura de que en la próxima edición de los Oscars Hacksaw Ridge apenas si será reconocida. Algunos se aferrarán a sus valores religiosos; otros, simplemente, al nombre de su director. Pero el simple hecho de que, a pesar de sus circunstancias, haya logrado hacerse un hueco entre las nominadas a mejor película ya es todo un logro. Bien por Gibson y su retorno. Esperemos que sea sólo el inicio de su redención.

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