Hell or High Water (Comanchería): Por qué el Western debe seguir vivo

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Sin hacer demasiado ruido (por no decir ninguno), la película de la que vamos a hablar hoy se ha colado entre las más destacadas del año, al menos para la Academia de Cine. Nos referimos, claro está a Hell or High Water, una cinta aparentemente sencilla pero que, sin embargo, presenta una gran carga crítica contra muchos aspectos del sistema estadounidense. Probablemente su gran mérito sea que lo hace sin pretensiones y sin ningún tipo de aires de grandeza: es sencilla, directa, y no se recrea más de la cuenta en lo que nos quiere decir. Y no lo olvidemos: trae de vuelta al género del Western, algo que nunca está de más.

En una época en la que predominan los giros de guion intrincados, en la que resulta difícil seguir unas tramas que a menudo se trenzan hasta el infinito y en la que el espectador es engañado hasta alcanzar grandes revelaciones cuya coherencia pocas veces aguanta un segundo visionado, resulta más que gratificante encontrar por fin una historia que sabe perfectamente qué quiere contar y va directa al grano para hacerlo. Y, por qué no decirlo, es capaz de hacerlo en poco más de hora y media, algo que a menudo parece impensable en el cine actual.

Hell or High Water nos presenta a Toby (Chris Pine) y Tanner Howard (Ben Foster), dos hermanos que deciden atracar una serie de bancos en Texas con la intención de poder pagar así unas deudas pendientes y salvar el rancho familiar. En su persecución irá Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un Ranger que se enfrenta a su última misión antes de retirarse del cuerpo y dedicarse a una vida más tranquila que, para ser sinceros, no le atrae en absoluto.

Esta trama, aparentemente sencilla, está protagonizada por unos personajes que, sin embargo, presentan una gran complejidad. En primer lugar, las decisiones que mueven a los hermanos a actuar son mucho más duras de lo que podría parecer: el rancho que están a punto de heredar se encuentra sujeto a una hipoteca que deben liquidar en un breve plazo, sabiendo que de no hacerlo lo perderán, y con el aliciente de haber encontrado petróleo en el subsuelo. Sin embargo, pese a lo que podría parecer, ninguno de los dos hermanos actúa por motivos egoístas: si Toby lo hace por asegurar un futuro para sus hijos –a pesar de ser consciente de que sus acciones supondrán a la vez su propio fin-, Tanner lo hace por honrar la memoria de una madre a la que no acompañó en su lecho de muerte y por un hermano al que considera mucho más válido que a sí mismo.

Por otro lado, Hamilton se empeña en defender los valores propios de un mundo cuyos cimientos ya se derrumbaron hace tiempo, y cuyo mejor símbolo es el hecho de que él mismo –uno de los últimos defensores de su visión- está a punto de poner fin a una carrera que lo ha significado todo en su vida.

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Es más que evidente que estos personajes no habrían funcionado jamás de no tener tras ellos a unos grandes actores. A estas alturas poco se puede decir ya de Jeff Bridges que no suene repetitivo (a la vista está su nominación como Mejor Actor Secundario), pero sí que me parece conveniente señalar la gran interpretación de Chris Pine a lo largo de toda la película. En una cinta en la que el protagonismo está bastante repartido entre sus personajes principales, Pine consigue que su papel se gane la simpatía del público y se identifique con él pese a no ser precisamente un modelo a seguir.

Los personajes se funden con naturalidad en una atmósfera recreada a la perfección –maravillosa su fotografía-, que nos traslada a la Texas actual sin perder la conexión con el Western más tradicional, en una cinta llena de guiños a él, pero con un mensaje mucho más contemporáneo.

Y es que, hablando de sus virtudes, no podemos dejar atrás la enorme calidad de su guion (también merecedor de una nominación), cargado de humor negro y de desencanto. Pero, sobre todo, de un fuerte espíritu crítico: la película ataca el sistema bancario, el desamparo que sufren los más deprimidos frente a un sistema económico que sólo sabe aprovecharse de sus debilidades, el racismo inherente de buena parte de la América más profunda y la falsedad de ese mensaje un tanto pueril que transmite el eslogan de la “tierra de las oportunidades”. En definitiva, y en otro orden de cosas, ataca todas las ideas que, de un tiempo a esta parte, parecen haber cobrado más fuerza en un país cuya mentalidad retrocede a pasos agigantados. Sí, estamos hablando de la América de Trump y de todo lo que ello supone. Si la mayor parte de las películas de este año han decidido atacar utilizando la perspectiva del observador externo, esta ha optado por ir a la raíz del país, y ha tocado en lo más profundo.

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Decíamos al principio que estamos ante un buen ejemplo de un Western. Y lo cierto es que cabría matizar esa idea: su final nos traslada a una perspectiva mucho más moderna, en la que los buenos no tienen necesariamente el final feliz que merecen ni los culpables siempre encuentran su merecido. Esta idea de justicia, ya anclada en el pasado, se va desdibujando y cada vez encuentra menos románticos que crean en ella. Que se lo digan al personaje de Jeff Bridges, un puente entre dos mundos que ve cómo lo que conocía es sólo una sombra borrosa de lo que ve, pero que se niega a dejarlo ir.

En definitiva, una película más que digna que viene a recordarnos que, a veces, la sencillez es la mejor fórmula para alcanzar la calidad. Y en este caso, sin duda, lo han logrado.

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