Fences: Cuando el teatro se hizo cine

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En mi propósito de ver el mayor número posible de películas nominadas a los Oscars de este año, Fences sólo contaba como un nombre más que tachar de la lista. Una película de la que no sabía nada, y que por tanto no me atraía en absoluto, dicho como algo neutral más que negativo, debido a mi desconocimiento. De hecho, ha sido la última de las nominadas a Mejor Película que me he decidido a ver, apurando ya las horas antes de la ceremonia. Es más; a punto he estado de claudicar y aceptar que me quedaría una última muesca por hacer. Pero, por suerte no ha sido así: he podido llegar a tiempo y ver Fences antes de que cayera en el olvido que probablemente vendrá después de la ceremonia si, como parece ser previsible, no resulta ganadora. Y me alegro muchísimo de haberlo hecho: pese a no ser perfecta y a estar por debajo de algunas de sus competidoras, Fences es una de las que más me han gustado.

Para ofrecer un poco de contexto, puede resultar interesante mencionar que la concepción de esta película, en realidad, tiene su origen en el teatro, y más concretamente en la obra homónima de August Wilson, ganadora del Pulizter en 1987. Pese a que su estreno se produjo ese mismo año, protagonizada por James Earl Jones y Mary Alice, será el revival de Broadway de 2010 el que más íntimamente se relacione con esta película. Y es que los actores elegidos para aquella versión fueron nada menos que los protagonistas de la cinta, Denzel Washington y Viola Davis, que interpretaron, como aquí, a Troy y Rose Maxson.

Es evidente que la admiración de Washington por la obra no fue menor, y prueba de ello es que ahora, más de un lustro después, esta nueva versión no sólo cuente con él como protagonista, sino también como director. Y no sólo eso: según se dice, se obsesionó con hacer una obra tan fiel a la original que se negó a cambiar una sola palabra de una primera versión de un guion que el propio August Wilson realizó antes de su muerte en 2005.

Esta fidelidad con respecto a la obra original se ha convertido en una de las mayores fortalezas de la película, pero a la vez también ha sido su talón de Aquiles: el teatro y el cine son dos medios de expresión muy diferentes, y lo que funciona bien en uno no tiene por qué hacerlo automáticamente en el otro, y viceversa.

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Fences se desarrolla en la década de los 50, en Pittsburgh, y tiene como protagonistas a los miembros de una familia de color. En concreto, durante buena parte de la película veremos cómo la trama se centra en Troy (el personaje de Denzel Washington), un basurero de mediana edad que, tras haber sido una joven promesa del béisbol, tuvo que dejar su sueño debido a la discriminación que existía en su juventud. Ahora, siendo un adulto, y tras haber llevado una vida no demasiado fácil, trata de ahogar en alcohol su resentimiento, consiguiendo únicamente destrozar su vida y, sobre todo, la de su familia.

Lo más bello del personaje de Troy es la complejidad que presenta, y que se va descubriendo conforme avanza la obra. Si bien en un principio nos compadecemos de él –es un buen trabajador, un hombre que respeta a su familia, y que no tuvo suerte con la época en la que le tocó vivir-, conforme le conocemos empezamos a descubrir sus dobleces y a ver que su actitud no sólo daña a sus seres más cercanos, sino que además le sirve para escudarse y justificar sus propios fallos.

Así, uno de los ejemplos más claros es el caso de su hijo Cory, un chico responsable y trabajador que parece presentar también un futuro prometedor en el deporte. Lejos de apoyarle en aquello que él mismo no pudo conseguir, Troy pone todos los impedimentos que están en su mano para frustrar las posibilidades de su hijo, seguro de que, pese a que la realidad le demuestra lo contrario, jamás tendrán ninguna posibilidad de llegar a ser algo debido al color de su piel. Esta actitud –enraizada en un buen propósito- se va desvirtuando hasta el punto de llegar a la violencia con el chico, que sólo busca algo de cariño y comprensión por parte de su progenitor. Así, cuando en un momento determinado Cory le pregunta a su padre que por qué no le tiene cariño, Troy le responde que su obligación como padre es mantenerlo y cuidarlo, pero que no está obligado a tener que quererlo.

Pero si en el caso de Cory esto resulta evidente, más aún (y con un tratamiento mucho más cuidado) se observa en su relación con Rose, su mujer (Viola Davis). En la primera parte de la película Troy se enorgullece repitiendo en numerosas ocasiones que adora a su mujer. Pero su actitud –especialmente conforme avanzamos en el metraje- nos va indicando que la realidad no es tan clara, hasta el punto de que, en cierto momento, descubrimos una infidelidad por parte de Troy que tendrá como fruto el nacimiento de un bebé.

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A lo largo de toda la película Viola Davis lleva a cabo una interpretación magnífica. Pero, sin lugar a dudas, el momento culmen tiene lugar en la escena en la que, tras descubrir la infidelidad de su marido, explota y le dice todo aquello que solamente guardaba para sí. Y es que Troy, lejos de mostrarse arrepentido, justifica sus errores aduciendo que ya ha entregado a su mujer 18 años de su vida, y que no le puede exigir más. Es entonces cuando ella no puede sino explicarle cómo los mismos 18 años también han pasado para ella, día a día, siendo sumisa, obediente, y cumpliendo como una buena esposa, tal y como se esperaba de ella. Y viendo cómo todo esto se daba por hecho, sin recibir nunca muestras de agradecimiento.

En esa escena, y gracias a una portentosa Davis, vemos cómo el tema del racismo –muy presente dentro de la película- se une a otra problemática más: la del machismo, que también se da en las parejas de color. Y es que aunque esta afirmación parezca demasiado evidente, lo cierto es que, sin importar la raza, la mujer siempre ha estado sometida al hombre. Y, como se puede ver aquí, el hombre más injustamente tratado por el color de su piel casi siempre llegaba a casa para encontrar en ella a una mujer a la que poder considerar inferior a él. En otras palabras, Fences hace muchísimo más por la mujer (y, evidentemente, por las personas de color) de lo que lo hacen otras películas que presumen de hacer cine social y que sin embargo se quedan sólo en la forma.

“Algunas personas construyen verjas para mantener a la gente fuera. Otros, sin embargo, lo hacen para mantenerla dentro.” Esta bella frase, sacada de la película, resumen de muy buena manera la actitud de Rose, y su intento de mantener unida a su familia, a pesar de las dificultades y de las enormes diferencias entre ellos.

Como decíamos más arriba, el germen del teatro es evidente en esta obra, y ello posee consecuencias positivas y negativas. Entre las primeras se encuentra, sin lugar a dudas, la gran oportunidad que la película da a los actores para su lucimiento. Y ellos lo aprovechan a la perfección. Así, en una cinta en la que la trama apenas avanza, donde el escenario casi no varía, y en la que el principal recurso transmisor de ideas es el diálogo (como en el teatro), la interpretación de los actores se convierte en algo esencial.

Pero, por otra parte, quizás habría convenido más separarse del teatro en algunos aspectos. Así, desde el primer momento, nos choca en el cine una sucesión tan larga de diálogos intrincados sin cambiar de escenario. A esa dificultad inicial se suma también, por qué no decirlo, la manera de expresarse los protagonistas y su particular uso del lenguaje, matiz que puede que se pierda si no se ve esta película en versión original. Igualmente, el cierre de la película tampoco aparece como ideal (en cuanto a la forma) para una película, si bien resulta fácil imaginar cómo funcionaría sobre el escenario.

En cualquier caso, y casi por sorpresa, Fences se ha convertido en una película que me ha emocionado mucho y a la que deseo mucha suerte en el futuro. Porque, sin lugar a dudas, merece ser transcendente y no caer en el olvido. Muy bien por ella.

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