Sabina, o cómo negarlo todo al confesar

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Casi un mes ha pasado ya desde que tuve entre mis manos el último disco de Joaquín Sabina. Unas semanas que no son nada en comparación con esos prácticamente ocho años de espera que han transcurrido desde aquel Vinagre y Rosas que supuso su penúltimo disco original hasta la fecha. Este marzo “el flaco de Úbeda” nos ha hecho un regalo de los que sólo él sabe hacer, y de la mejor manera posible: en forma de doce perlas. Doce canciones que resumen una trayectoria por todos conocida y que no traicionan en absoluto a su esencia pese a presentar en algunos casos elementos novedosos: hasta su último disco –que, ojalá, no sea este-, el maestro Sabina nunca dejará de sorprendernos y enamorarnos por igual.

Uno de los aspectos que más se ha mencionado al hablar de este disco es el hecho de que la producción corra a cargo de Leiva, algo que se hace más que evidente en algunas canciones, cuyo sello es innegable. Del mismo modo -aunque quizás de manera más latente-, la mano de Benjamín Prado se deja ver en algunas de sus letras, si bien la esencia misma es claramente la del propio Sabina.

Quizás la mejor manera de hablar de Lo niego todo sea canción a canción, como merece. O, al menos, a mí no se me ha ocurrido otra. En el título de cada canción he incluido un enlace en el que se puede escuchar cada una de ellas a través del canal oficial de YouTube del artista, para que podáis escuchar fácilmente cada una de ellas si os pica la curiosidad:

Quien más, quien menos
La canción que abre el álbum funciona a la perfección para presentar cómo va a ser el disco que introduce: con una melodía lenta y un aire melancólico, Sabina nos habla de errores del pasado. De cómo todo el mundo, de una manera u otra, se ha equivocado al actuar, arriesgando todo lo que tenía.

Pero, si hay alguien que realmente tenga experiencia en ello, sin lugar a dudas es el propio artista, experto en arriesgar hasta el límite, como explican sus versos: “Pero yo fui más lejos, metí un palo en la rueda de la fortuna…

No tan deprisa
La segunda canción del disco nos traslada al Estados Unidos más profundo, concretamente a Oklahoma, para hacer un homenaje a la guitarra de J.J. Cale y, a su vez, ofrecer un canto a una vida más sosegada en la que la felicidad reside en tener lo justo sin preocuparse de lo demás.

Lo niego todo
Con “Lo niego todo”, el primer single del disco, volvemos a un aire más sosegado. Utilizar esta canción como la carta de presentación de este trabajo parece todo un acierto, porque resume a la perfección su esencia: a través de esta canción, Joaquín Sabina rompe con la imagen que se ha construido a lo largo de toda su carrera, con ese mito de canalla trasnochado y bohemio que le ha acompañado siempre. Por eso la utiliza para negar todo lo que alguna vez se ha dicho de él, y también para lo que él mismo ha contado: no en vano, son muchísimas las autoreferencias que utiliza a sus propias letras.

Sin embargo, si alguien esperaba conocer al auténtico Sabina a través de esta canción, debería olvidarlo: como él mismo afirma, lo niega todo… incluso verdad. Sigue sin ser posible conocer exactamente qué se esconde detrás de la figura que creemos conocer: “Ni soy un libro abierto, ni quien tú te imaginas…

Postdata
A ritmo casi de ranchera, esta pegadiza canción nos habla de una historia de amor fallida a la que el autor intenta escribir una postdata. Acertadamente, y al contrario de lo que suele ocurrir, no se mira con dolor ni con despecho, sino que lo hace de una manera mucho más positiva, aceptando cómo la realidad de algo que nunca habría funcionado, sólo se ve con el tiempo: “Cuando me abandonaste bordé un puente de plata. Ni tú eras para tanto, ni yo soy para ti.

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Lágrimas de mármol
Esta canción presenta el inicio que más suena a Leiva de todo el disco. Una vez más, volvemos a reflexionar sobre el pasado. Aquí Sabina habla como lo que es: un hombre de cierta edad, que ya se ha cansado de locuras y se ve más cerca del fin que del principio. Eso sí, a pesar de todo, se asombra de haber sobrevivido a todo: “Superviviente, sí, ¡maldita sea! Nunca me cansaré de celebrarlo.” “Lágrimas de mármol”, además, contiene una de esas frases pegadizas que, sin lugar a dudas, funcionará a la perfección en los conciertos: “Viví para cantarlo.

Leningrado
La canción favorita, según parece, para la mayoría de los oyentes se me atragantó algo más de la cuenta. Eso sí, cuando por fin me reconcilié con ella, me cautivó. Cuenta los sentimientos que renacen tras el reencuentro que se produce casi cincuenta años después de una noche de pasión en Leningrado. “No sé por qué sigo escribiendo esta canción, pero me sangra el corazón cuando lo hurgo.” La que claramente es la canción más desgarradora del disco nos muestra cómo han cambiado los dos en todo este tiempo, y cómo la vida puede detenerse en una única noche, para volver a hacer aflorar sentimientos que se creían ocultos. Una maravilla.

Canción de primavera
Esta preciosa canción de bienvenida a la primavera también se podría considerar un canto a Andalucía, con muchísimas referencias a la región que vio nacer al artista (como ese “te regalo una biznaga de jazmines”). Pero sobre todo se ve -algo que ya había mostrado en discos anteriores- cómo el paso del tiempo hace que quiera volver al sur, alejándose de ese Madrid al que cantaba en la juventud. Y así lo cuenta: “Otoñales van mis años por el río Guadalquivir maquillando el ceño huraño de Madrid”.

Sin pena ni gloria
Esta pista, junto con la siguiente, compone la dupla de canciones que menos me han convencido de todo el disco. Es, en el aspecto más superficial, una canción de amor que, a pesar de estar un nivel por debajo de las demás, no pierde la poesía propia de las palabras que con tanta maestría conoce Sabina, y nos deja versos de este nivel: “Si me matas me hago el muerto, yo que mato por vivir.

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Las noches de domingo acaban mal
En este punto del disco comienza la experimentación con diversos géneros musicales. Y lo hace empezando con un rock-and-roll que supone un regreso a ese espíritu más canalla del músico, que cumple con todos los mitos del estereotipo, en un repaso a una semana cualquiera dominada por el caos, en la que las noches de domingo, como culmen, nunca pueden acabar bien.

¿Qué estoy haciendo aquí?
Cambiamos de tercio y nos sumergimos en un pegadizo reggae (sí, han leído bien) que nos cuenta tres historias diferentes con un único hilo conductor: el pesimismo que hace que sus protagonistas se pregunten por el sentido de lo que hacen. Eso sí, la amabilidad de la música engaña, al encerrar un gran dolor en la letra, que se atreve incluso a hablar de malos tratos: “Al alba Encarna llora en la comisaría; su ojo derecho es una mancha de sandía”.

Churumbelas
Siguiendo con su peculiar viaje, nos trasladamos a la rumba de las Churumbelas, que nos habla de tres hermanas gitanas del barrio de Lavapiés y sus amoríos. Los más amantes de la discografía de Sabina seguramente encuentren un paralelismo con “Pero qué hermosas eran” en esta canción plagada de nombres conocidos de artistas españoles, y con un guiño muy discreto a los más colchoneros.

Por delicadeza
Por último, el disco se cierra con un maravilloso dueto en el que por fin podemos escuchar en primer plano la voz de Leiva, y en la que la garganta de Sabina parece rejuvenecer, haciéndose más clara que en el resto del disco. Volvemos a hablar de amor en un tono intimista y cercano. De un amor real, cubierto de reproches, pero duradero a pesar de todo: “Pero aquí sigo estando, ya lo ves…”. Un broche perfecto para un disco de lo más completo.

En resumen, como se ha podido ver, este último disco suena a autobiografía, y tiene mucho de memorias de Sabina. Según nos cuenta Benjamín Prado en el booklet del CD, el propio Joaquín dijo al hablar de él: “No me importaría que este fuera mi último disco.” Y, aunque esperamos que no lo sea, lo cierto es que no podemos dejar de estar de acuerdo: tal es la sensación de compleción que tenemos con Lo niego todo.

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