Big Little Lies: Femina feminae lupus est

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Aunque ya han pasado un par de semanas desde su final, no podíamos dejar pasar la oportunidad de hablar de Big Little Lies, la miniserie de de HBO siete episodios (o, al menos, esa era la intención inicial), basada en la novela de Liane Moriarty. Como ocurre a veces cuando un producto posee suficiente calidad, la serie no ha venido precedida de demasiada publicidad, pero a pesar de ello sí que ha conseguido que se hable de ella en todas partes. Sin lugar a dudas, uno de los principales motivos es su cast, plagado de grandes nombres (y capitaneado por unas inmensas Reese Witherspoon, Nicole Kidman y Shailene Woodley). Pero, una vez comenzado su visionado, son otros aspectos como su banda sonora, su fotografía o su excelente trama los que terminan confirmando que estamos ante una gran serie. Una que sólo corre el riesgo de estropearse en el caso de continuar…

Es innegable el hecho de que en los últimos años estamos asistiendo a la aparición de varias series capitaneadas por personajes femeninos muy fuertes, y aunque ya no sea –afortunadamente- una novedad, no está de más destacarlo: ejemplos como The Good Wife, Orange is the New Black o la propia Girls nos demuestran que se pueden crear personajes femeninos bien construidos evitando caer en estereotipos absurdos repetidos hasta la saciedad.

En esta línea, resulta imposible hablar de Big Little Lies sin mencionar el hecho de que, efectivamente, estamos ante una serie sostenida por sus personajes femeninos. Como mencionábamos al inicio, el conjunto de actrices principales nada tiene que envidiar a la más sonada de las superproducciones, con una enorme Reese Witherspoon que despliega una personalidad arrolladora, y, sobre todo, una Nicole Kidman que roba cada escena en la que aparece –especialmente en la segunda mitad de la temporada-, y que a buen seguro engrosará su vitrina de condecoraciones gracias a esta serie, si es que aún existe la justicia. Eso, claro está, sin menospreciar el papel de secundarios de lujo como Laura Dern, que también desempeña su papel a la perfección.

La serie se inicia con la investigación de un asesinato en cuyas causas iremos ahondando conforme avance la temporada, dejando para el final la revelación de las identidades de la víctima y el asesino. Y, sin embargo, a pesar de funcionar como punto de partida, lo cierto es que este misterio queda en un segundo plano, haciendo que nos interesemos mucho más por la complejidad de las relaciones personales que por el propio crimen.

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Otro de los elementos clave de la serie (y, en mi opinión, uno de sus grandes aciertos) es su contexto social: los protagonistas se mueven en una clase alta y adinerada, en la que las apariencias importan más de lo que deberían, y en la que cada movimiento está estudiado para crear una impresión concreta en los demás. De este modo, si bien en un primer momento puede parecer difícil identificarse con ellos (y, de hecho, el personaje de Shailene Woodley, al proceder de un contexto más humilde, funciona como el enlace que nos ayuda a adentrarnos en este contexto), lo cierto es que conforme vamos avanzando en la historia comenzamos a comprender las dificultades que entraña una situación que no es tan de color de rosa como podría parecer. Así, mantener las apariencias no resulta nada fácil, y la sensación de ser juzgado por cualquier acto, por nimio que parezca, se vuelve asfixiante.

Lo más curioso es que, en esta situación, son las propias mujeres las que más sufren a causa de unas obligaciones tanto impuestas por los demás como autoimpuestas. Son ellas mismas las que más se exigen, y por tanto, las más estrictas con sus congéneres. En un grupo social en el que todos tratan de guardar las apariencias, los hombres a menudo aparecen como unos privilegiados, que se despreocupan de obligaciones que sí quedan relegadas a las mujeres. Obligaciones que ellas mismas se ocupan de mantener y de exigir a las demás. Una sensación que no es ajena a ninguna: a menudo, somos las menos indulgentes con nosotras mismas. En parte por autoexigencia; en parte por educación. Pero a menudo siendo nuestras peores enemigas.

A este respecto se hace evidente el hecho de que la autora de la novela sea precisamente mujer: a menudo son hombres los que tratan de describir la psique femenina desde una perspectiva externa, errando en sus conclusiones y simplificando muchos aspectos. Y, aunque a menudo sean bienintencionados, es en casos como este en los que se hace más evidente que el observador externo no siempre está capacitado para comprender del todo la complejidad del asunto.

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En medio de esta marabunta de sensaciones, poco a poco, comienza a emerger un tema que cada vez cobra más relevancia en la serie: el de los malos tratos. A menudo se vincula la violencia de género con la falta de formación o con las clases sociales más desfavorecidas, alegando que la educación hace que las mujeres sean más independientes y no aguanten ciertas situaciones. Y, si bien es cierto que es un factor esencial, Big Little Lies nos enseña cómo no es tan determinante como nos gustaría pensar, y cómo la manipulación psicológica vinculada a los malos tratos puede afectar a cualquiera, independientemente de su grado de formación. Y, a menudo, con la presión añadida de un “qué dirán” que lo envuelve todo. Una vez más, la serie nos ofrece un tratamiento exquisito de este tema.

Mencionábamos antes que, a menudo, la mujer es la peor enemiga de la propia mujer, al añadir un grado de exigencia a su género que pocas veces imprime sobre el varón. Y, por suerte, la serie viene a demostrarnos que, pese a que es cierto, las diferencias siempre quedan a un lado cuando aparece un enemigo común.

No es mi intención desvelar elementos relevantes de la trama, pues opino que estamos ante una serie cuyo visionado merece la pena. Sin embargo, sí que me gustaría destacar la positividad del mensaje que encierra la serie, demostrando que, pese a lo que la sociedad a veces quiere demostrar, la manida idea del “sexo débil” no es más que una mentira que ya debería haber quedado sepultada hace mucho tiempo, y que cuando la mujer decide luchar por sí misma, no hay nada que la detenga.

Por eso, en mi opinión, el cierre de esta temporada ha sido perfecto, dándonos exactamente lo que necesitábamos. Y, en este sentido, las noticias que rondan esta semana por las redes, anunciando la posibilidad de una segunda temporada, me han sentado como un jarro de agua fría: no veo el sentido de alargar una trama que ha quedado más que cerrada, por mucho que haya gustado al público. Creo que es un error continuarla, y ni siquiera estoy segura de seguir viéndola en caso de que ocurra. Por ahora me gustaría quedarme con la conclusión que me han presentado y con el poderoso mensaje que deja. Con eso, y con la brillantez de Nicole Kidman, claro está.

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