Review MdT 3×02: Tiempo de espías

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Sólo llevamos dos episodios de la tercera temporada de El Ministerio del Tiempo, y –por motivos laborales- esta review ya llega sobre la bocina. Pero dicen que más vale tarde que nunca, así que ahora, a unas pocas horas de la emisión del tercer episodio, vamos a comentar “Tiempo de espías”, que adapta uno de los tres capítulos que conforman la primera novela basada en la serie –y de la que ya hablamos aquí-, “El Tiempo es el que es”. Como ya comentamos en su día, estos episodios en un principio no se pensaban adaptar a la serie debido al alto coste que suponían… pero la llegada de Netflix lo ha cambiado todo. ¿Comentamos qué es lo que hemos visto en esta adaptación?
Situado en su mayor parte en 1943, el “Tiempo de espías” se centra en un momento histórico que, pese a no ser de los más conocidos para el público en general, fue muy relevante para el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: la “Operación Mincemeat”. Visto el episodio –y la excelente explicación que da Pachino sobre ella-, creo que poco hay que explicar de la operación.

Por otra parte, y por culpa de un plan que no sale como se esperaba, Ernesto y una Joven Lola Mendieta pasarán gran parte del episodio en el campo de concentración de Gurs. Como ya comentamos en su día al hablar de la novela, uno de los grandes aciertos de este episodio es que nos permite conocer con más profundidad al personaje de Lola Mendieta, uno de los más complejos e interesantes de la serie, sin lugar a dudas.

Por desgracia, da la impresión -nunca se sabe en una serie con viajes en el tiempo- de que no podremos volver a ver a la Lola que conocíamos, la interpretada por Natalia Millán (una de las mejores actrices de nuestro país, sin lugar a dudas), aunque sí contaremos con su versión más joven, encarnada por Macarena García. Si esto nos vale para poder saber más de un personaje tan misterioso como atractivo, bienvenido sea: estoy segura de que merece la pena conocer a Lola Mendieta.

En mi opinión, uno de los puntos fuertes de El Ministerio es la manera en la que ha sido capaz de construir personajes femeninos que se apartan de los estereotipos y que demuestran que pueden ser, en su diversidad, tan fuertes como los masculinos –algo que hace mucha falta en la ficción-. Irene, Amelia, Lola Mendieta… son personajes que nada tienen que envidiar a sus compañeros, y eso es de agradecer. En particular, el caso de Lola es especialmente atractivo, por esa dualidad que presenta entre “los malos” (al ser enemiga del Ministerio) y “los buenos” (al moverse únicamente guiada por una moral que le dicta evitar el máximo sufrimiento posible). A lo largo de la serie se ha tratado muchas veces este tema, viendo cómo el respeto a la historia original no siempre se convierte en la opción más agradable para nuestros personajes, y Lola encarna esta disyuntiva mejor que nadie.

Por eso su pérdida (la de Natalia Millán, al menos) es tan dolorosa: porque no ha muerto como una heroína, a pesar de serlo. Y me alegra enormemente que a través de su versión más joven podamos ser capaces de rendirle el homenaje que merece. Gracias por todo, Lola.

Lola
Volvamos ahora a Punta Umbría, con su “Operación Mincemeat”. Como ya sabemos, esta operación tenía como fin principal –y así se logró- poder engañar a Hitler acerca de los planes de los aliados, haciendo que el general alemán centrara su atención hacia los Balcanes y Cerdeña, y desviando así el interés en Sicilia, verdadero núcleo de acción.
Para ello, aparte de un buen número de documentos falsos, fue necesaria la aparición de un cadáver con una falsa identidad: la del comandante William Martin. Una trama intrincada que, como bien se cuenta en el episodio, sólo podía salir de la mente de alguien como Ian Fleming, el padre de James Bond.

Si bien en la realidad el personaje de William Martin no es sino una identidad inventada, El Ministerio le da voz propia a través de un maravilloso José Manuel Poga. Aprovecho aquí para señalar otro aspecto que me ha gustado mucho y que agradezco: el hecho de que se haya podido dar voz a un personaje con acento andaluz sin caer en la parodia o en el ridículo. Pese a ser sevillano, Alonso no pone de manifiesto su origen a la hora de hablar (sí se ha hecho un esfuerzo en subrayar su época, pero no la región de la que proviene), pero en “Tiempo de Espías” esta diversidad sí se ha señalado, y es digno de alabanza.

El caso es que, debido a los inconvenientes surgidos, y pese a tener todo prácticamente preparado, los británicos deciden abortar la operación. Y, para evitar que la historia cambie para siempre, nuestra patrulla, ayudada por Martin y la familia Naylor, preparará su propia misión, la “Operación Albondiguilla”, en su versión más castiza.
La preparación de los documentos y las fotografías se resuelve sin demasiada dificultad gracias principalmente a Amelia, que hace de modelo y redacta parte de las cartas de amor gracias a su dominio del inglés. En un guiño a Casablanca (“el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”), la escena de la playa, con homenaje incluido al Recreativo de Huelva –el club de fútbol más antiguo de España- se convierte, sin duda, en uno de los momentos más bellos del episodios; la calma antes de la tempestad.

Playa
El desenlace, como bien sabemos, se torna en tragedia por culpa de un problema de comunicación: los británicos deciden volver a poner en marcha el plan a la vez que nuestro William Martin, héroe como pocos, decide sacrificarse por la operación y convertirse en el cadáver que hará posible la operación. Por eso, y para que su muerte no sea en vano –y simplificando la trama original que encontrábamos en la novela-, la patrulla consigue que sea el cuerpo de William el que sirva para que la misión se lleve a cabo con éxito. Un “Tiempo de espías” que, sin lugar a dudas, podría también llamarse “Tiempo de héroes”, pues todos los muertos que nos deja el episodio (William y Lola) lo hacen con una convicción completa en sus principios, algo que les honra.

Una misión, en fin, completada con éxito, que se puede resumir en las palabras de Pachino: “Se la hemos colado a Hitler”. Y menos mal que así fue…

Por último, sólo nos queda hablar de su maravilloso final, con la escena en la que Isabel Naylor, ya en su vejez, sigue llevando flores a la tumba de William Martin, acompañada ahora de su nieta. Para todo aquel que tenga curiosidad, merece la pena mencionar que dicha escena no es una licencia poética de la serie, sino la pura realidad: desde que ocurrieron los acontecimientos, nunca han faltado flores sobre la lápida de Martin gracias a Isabel, como se puede leer aquí.

Realmente, la historia tiene capítulos maravillosos, y es un placer que esta serie nos acerque a ellos…

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