El Ministerio del Tiempo: ¡honor y reputación!

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Por desgracia, ha llegado el momento de decir esas palabras que tanto temíamos: El Ministerio del Tiempo se nos ha ido. No sabemos si lo ha hecho de manera definitiva, o si dentro de un tiempo podremos volver a disfrutar de nuevas aventuras de nuestros funcionarios favoritos. Pero algo está claro: si este ha sido el punto y final, no podía haber acabado de mejor modo.

Como es de sobra sabido, esta serie nunca ha disfrutado del mejor de los tratos en Televisión Española. Y, aunque en un principio yo era defensora de la idea de que una ficción como esta –por sus valores y por todo lo que implicaba- encontraba en una cadena pública su mejor lugar, ahora opino que El Ministerio merece algo mejor. Merece, como mínimo, el reconocimiento que el público sí ha sabido darle (los cuatro gatos que aparentemente la vemos, pero que extrañamente siempre conseguimos que sea Trending Topic en las redes sociales), y una estabilidad (en horarios, días de emisión, planificación a medio-largo plazo) que la cadena no ha sabido darle. Una serie con tanto potencial como esta podría haberse convertido en la gallina de los huevos de oro si alguien hubiera sabido llevarla como es debido. Y, sin embargo, la realidad es bien distinta: resulta milagroso que haya llegado hasta donde lo ha hecho teniendo en cuenta las trabas a las que ha tenido que hacer frente. Creo que pocas series habrán podido contar con un grado tan alto de implicación y cariño como lo ha hecho esta.

Pero no es este el momento ni el lugar para hacer este tipo de reivindicaciones sobre las que otros ya han hablado mucho más y mejor. La intención de este artículo es muy distinta, y pasa más por hacer un humilde homenaje a una serie que se ha convertido en algo muy especial para muchos de nosotros.

Echando la vista atrás, parece mentira que una idea tan atrevida como aquella que tuvieron dos locos, Pablo y Javier Olivares, haya llegado a convertirse en lo que es hoy. Supongo que en esas primeras conversaciones no imaginaban llegar a convertir sus ideas en un producto de referencia, lograr que la gente se divirtiera aprendiendo, hacer de sus personajes auténticos iconos de nuestra televisión, tener a la mismísima Biblioteca Nacional comentando los capítulos durante su emisión para aportar información extra, o conseguir que sus episodios se utilicen en las aulas para acercar a los más jóvenes a nuestra historia. Imagino –y es mucho suponer- que será precisamente el recuerdo de aquellas primeras conversaciones lo que haya servido a Javier como estímulo para hacer frente una y otra vez a todos los impedimentos a los que se ha ido encontrando. El recuerdo de su querido Pablo, cuya presencia ha sido evidente a lo largo de todos y cada uno de los episodios. Cuando una idea surge de un amor tan auténtico, no hay nada que la derrumbe.

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El Ministerio del Tiempo era una serie necesaria. Lo era por su carácter didáctico pero entretenido, que ha ayudado en gran medida a hacer que la expresión “caja tonta” cada vez se ponga más en duda. Pero, sobre todo –y aquí hablo desde un punto de vista más personal-, ha sido esencial para que nos reconciliemos con nuestra propia ficción.

Seguidores de series –de buenas series- hay muchos hoy en día. Quien no se enganchó a Lost (sí, la incluyo aquí porque no podemos olvidar lo que significó en su momento) ha visto Breaking Bad, se ha comido la cabeza con Twin Peaks, paladeó Los Soprano o aún elabora teorías para ver quién se sentará en el Trono de Hierro. Pero pocos de esos seguidores –entre los que me encuentro- echaban un vistazo a las series españolas. Y sé que ha habido buenos productos patrios en el pasado; pero eran raras avis en un océano de mediocridad y dudoso gusto. Sin embargo, hoy en día nadie se sonrojaría al reconocer que es seguidor de El Ministerio. Necesitábamos un producto español con el que sentirnos identificados sin tener que taparnos la nariz; algo con lo que poder disfrutar de verdad, y que a la vez sintiéramos como nuestro. Porque, la verdad, soltar una carcajada con un guiño a Curro Romero o esconder una lagrimita cuando te hablan de tu Atleti –perdonadme la licencia- mola, y mucho.

El Ministerio, en definitiva, nos ha hecho recuperar la fe en nosotros mismos: ahora sabemos que somos capaces de crear, y de hacerlo con calidad, sin tener que mirar con envidia a otros países. Porque –y sobre esto la serie nos ha recordado mucho- nuestra historia está repleta de grandes figuras, y nos tenemos que ir olvidando de absurdos complejos de inferioridad. Y lo que es mejor: somos capaces de hacerlo mientras nos reímos de nosotros mismos.

Quizás la tercera temporada haya sido la más valiente en cuanto a su tono experimental. Aunque las anteriores nos dejaron capítulos excepcionales (entre mis favoritos los dedicados a Cervantes –Tiempo de hidalgos, de la segunda temporada- o a Federico García Lorca –La leyenda del tiempo, de la primera-), hemos podido observar apuestas más arriesgadas en episodios como el que homenajea a Hitchcock –Con el tiempo en los talones-, el que nos trasladó al lado más oscuro del romanticismo becqueriano –Tiempo de hechizos– o el merecido reconocimiento (¡por fin!) a la zarzuela de Tiempo de verbena.

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Pero si ha habido un episodio en el que El Ministerio realmente se ha atrevido con todo, ese ha sido, sin duda, el que ha puesto punto y final a la temporada: Entre dos tiempos. Su carácter metanarrativo y su clarísimo homenaje a todos sus seguidores lo han elevado por encima de todo lo que habíamos visto hasta el momento. Pero no sólo eso: con una enorme valentía (quizás, la del que se sabe muerto para siempre y nada más tiene que perder) no ha dejado títere con cabeza a la hora de criticar todo aquello que ha puesto trabas en su camino y que tantos compartimos –desde el poco reconocimiento otorgado a los guionistas hasta la excesiva duración de los episodios, pasando por la autoparodia-, además de muchísimas bromas internas que, sin duda, los que no formamos parte de la serie nos habremos perdido.

Con todo esto, es imposible que El Ministerio no ocupe un lugar esencial para nosotros. Y por ello no nos resulta nada fácil despedirnos. La serie, de la mano de Alonso de Entrerríos –posiblemente el personaje más carismático y al que más sentimos como nuestro de los que han llegado al final- nos ha dejado bien mostradas las instrucciones: lo más importante es “salvar tu propia vida; tu historia. Aunque luego no la vayan a estudiar nunca las universidades.

Así que, haciendo caso a Alonso, echaremos mucho de menos a esta serie, pero seguiremos adelante. No sabemos si ha sido un adiós definitivo o no. Si es lo primero, siempre la recordaremos con cariño. Si es lo segundo, estaremos encantados de volver a disfrutarla. Y, en cualquier caso, siempre podemos tomar la puerta que nos lleva al 24 de febrero de 2015 y empezar de nuevo…

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